

Llegó una tarde fría, tocó mi puerta...
Venía sedienta y se sentó en mi sala.

Se presentó mientras bebía el agua y sus manos le temblaban...
Me susurró muy suave, parecía un suspiro...
Me dijo, me llaman desesperanza.
Guardó silencio, mostró vergüenza y el mundo le pesaba.
La mire de frente, le salió una lágrima, le di un abrazo y la invité a un pulso de palabras.
Suavemente se instaló el silencio después de mucha historia... Apareció la risa...
Y de nuestras manos juntas, salió delicadamente la esperanza.
Decidí callar...
Guardé silencio para no hacerme culpable al hablar.
Se reconocieron, hace mucho se buscaban...
Había elocuencia.
Había sonrisas.
Había agudeza de palabras.
Palabras dulces, palabras sabias, palabras fuertes y para nada inocentes porque venían del silencio acumulado del pasado.
Se expandió mi mundo, se aclaró mi mirada al escuchar cada plegaria, sin señalar a ninguna...
Sin derecho a juzgarlas, porque por mucho tiempo a las dos las vi culpables.
Fusas en concierto... Semifusas y corcheas en un bello pentagrama.
Cambio la música...
Se diluyó la sombra...
Aparecieron luces...
Ahora todo era un todo.
Se quedaron en mi casa, leyeron mis apuntes, mis libros y novelas...
Ahora se turnan para llevarme el café, para llevarme la pluma, mis cuadernos y escribir poemas.
El aroma ahora es limpio...
Transparente...
Mi respiración controla mi existencia.
Ellas son mi esencia, mi historia, mi yo...
Son esa mirada para explorar más mundos desde la hermandad del alma del planeta.





